La unidad sale a 1,95€

La historia de la Hoegaarden más bien parece un culebrón que la historia de una cervecera. La tradición cervecera de la ciudad se remonta hasta el siglo XIV; siendo una ciudad muy prolífica en ellas hasta que a mediados del siglo XX, entre 1955 y 1957 cerrara la última de ellas, dejando al mundo huérfano de sus deliciosas cervezas.

Afortunadamente, un lechero de la ciudad, Pierre Celis, decidió recuperar esta tradición en la buhardilla de su granero, y le puso el nombre de Hoegaarden en honor a su ciudad. La cosa iba bien y la empresa creció, pero en 1988 la mala suerte se volvió a cruzar en el camino de esta cerveza cuando un incendio inutilizó la fábrica.

Es entonces cuando entra en escena Interbrew, la mayor cervecera de Bélgica (luego se convertiría en InBev al fusionarse con Ambev), que se ofreció a ayudar a Celis a reconstruir su cervecería. El problema es que esta dependencia económica vino acompañada de presiones para adaptar la receta tradicional a una más comercial que gustara a un público mayor, por lo que finalmente Celis decidió vender la empresa y abrir una cervecería en Austin, Tejas.

Así que hoy en día Hoegaarden ha perdido parte de su encanto de Fénix resurgido de sus cenizas debido a que su sabor se ha amanerado un poco, pero aún así sigue siendo una muy buena cerveza

El aspecto de las witbier es bastante peculiar. Es una cerveza donde predomina el blanco, fruto de su turbieza y también del uso de trigo candeal no malteado, pero eso no evita que tenga un color brillante con muchos reflejos dorados.